jueves 15 de febrero de 2007

PROSAS Segunda Entrega

DE "ESQUIRLAS"

TRES RECUERDOS DEL PALADAR

1963. No he vuelto a probar papas rellenas iguales. Eran pequeñas, bien proporcionadas, convenientemente doraditas, con una piel lisa y un cuerpo blando sin ser fofo, una obra de arte que apenas costaba 20 centavos a principios del primer gobierno de Belaunde. La mujercita que los vendía en la puerta de la sección de primaria del Hipólito Unanue, en la Unidad Vecinal de Mirones, aparecía a las 10 de la mañana, llueva o truene.
1967.En la Secundaria alguien descubrió que en una esquina de Jorge Chávez y Arica, en Breña, vendían cincuenta centavos de camote frito, envueltos en un cucurucho de papel despacho, y coronados con una generosa cucharada de un ají de los dioses. Las finas tajadas de camote, cual bañistas en apuros, emergían de un perol lleno de verdadera manteca de chancho, auxiliadas por una oportuna y grandilocuente espumadera, y de allí al cucurucho, como un bebé recién bañado a su bata. Olor característico, crepitar atemorizante y el salivar irreprimible, criollo y estudiantil. No eran más que simples camotes, pero nos reconciliaban con el colegio y la vida.
1970. Luego surge el mito del fósforo de los mariscos, asaz beneficioso para la chimba y el consiguiente esfuerzo intelectual. Y entonces de pura suerte me topé con una fondita en la avenida Tingo María, entre Colonial y Venezuela. Eran los tiempos de Velasco, de EPSEP, que era la empresa estatal que abarataba el producto de mar.
A las diez de la mañana, hora estelar, aparecían en el mostrador, dos fuentes de fierro aporcelanado, rebosantes de cebiche. Una de pescado, probablemente liza, y otra de pota. Se trataba de dos especies populares que solo podían capturar la atención de borrachos misios, jóvenes y, ojo, conocedores. El cocinero y dueño era un nikkei, maestro del ajo, el kión, el punto de aceite y sillau. Qué alquimia japonesa convertía a la dura, desdichada, berrinchosa pota, en una carne suave y delicada como la de la langosta, no lo sé ni quiero saberlo. Solo lo recuerdo y me basta. Como Neruda, Confieso que he vivido.

VIAJE A CHINA

A quien camina por Paruro o Capón, y frisa medio siglo, inevitablemente lo asaltan las imágenes del Barrio Chino en todo su esplendor, allá a mediados de los cincuentas. Cocinerías y pulperías por doquier, y en el aire la franca sonrisa mercantil, el español torturado por el cantonés. Hoy, comenzado el nuevo siglo, esto un dato de la historia o una anécdota para entretener nietos aburridos.
Otros barrios populares de esa Lima ya ida, albergaban infinidad de increíbles almacenes de ultramarinos y productos nacionales, todo tan bien ordenadito, tan amigablemente bien dispuesto tras mostradores o vitrinas altas como órganos de catedral. En las pulperías chinas uno podía encontrar desde vino hasta lumbre.
El chino del barrio era un personaje querido, simpático, pero extraño, forastero, a menos que se casara con una peruana y lanzara al barrio algunos injertitos. Como se mantuviera en el círculo de sus connacionales, proyectaba el halo de definitivo misterio que suelen proyectar todos los orientales en estas tierras. De niño estaba yo casi seguro que tras la trastienda había un mágico túnel o corredor por donde se llegaba a China. Los pulperos del barrio iban a dormir a ese lugar al cerrar la tienda y al día siguiente, a las seis de la mañana, regresaban al Perú a vender.
Uno de los expedientes más socorridos de mi madre cuando me portaba mal, era acusarme con Juan, el chino de la esquina. Este me miraba fijamente, fingiendo reprobación, y luego me espetaba: “Si tu poltal mal, yo capal”. La amenaza que venía de ese hombre alto, flaco y de ojos rasgados no la tomaba a broma: un frío mortal recorría mi pequeño cuerpo de la cabeza a los pies. La razón de este miedo infantil era el conocimiento de la destreza de Juan para usar un filudísimo cuchillo con el que cortaba , con pasmosa rapidez, chancho asado o algún embutido.
A veces Juan me descubría observando la operación de corte y me enviaba de soslayo una sonrisa maligna, que yo interpretaba como una suerte de aviso prejudicial.
Lo más extraño de los chinos sin duda era su enrevesada lengua. Cuando conversaban entre ellos yo me quedaba embobado, tratando de explicarme por que Dios había sido tan cruel con esta raza y en vez de darle un lenguaje humano como el nuestro, le había proporcionado para su comunicación un sistema de sonidos complicado y feo.
Cuarenta años más tarde, me encontraba en un bus que recorría la ciudad de Beijing. Por un túnel distinto al de la trastienda había llegado al país de Juan. Mientras conversaba con otro peruano, en mi fresco español de Chacra Colorada, constataba el asombro enorme de una niña china de 8 o 9 años. Tenía la boca abierta y seguramente pensaba con tristeza en nosotros los hispanohablantes, hombres de palabras que se arrastran, sin la lógica, ni la eufónica belleza de los monosílabos de su lengua materna.

AMAR SOBRE RUEDAS

El otro día ví en un programa televisivo nocturno un reportaje sobre las parejas que van en carro a la Costa Verde a practicar sexo. Me preguntaba cómo es posible que haya tan poca imaginación en la TV. Los mismos asedios idiotas a las parejas y a los vigilantes de las playas, las mismas preguntas bobas de siempre. La gente quiere ver acción, algo fuera de lo común, no seudo audacias de reporteritas que lo único que pueden pescar allí es un resfrío. El guante que le caiga también al manganzón o manganzona de la productora que nos quita tiempo con algo tan aburrido como una cámara que pretende fisgonear, pero que no hace otra cosa que molestar a los jóvenes y no jóvenes, en su sana y legítima expansión amorosa.
¿Por qué con tantos hostales –de precios para todos los bolsillos- las parejas se arriesgan a hacer el amor en la playa, corriendo el riesgo de ser asaltados por depravados o la televisión imbécil ? Bueno, para empezar, creo yo, está el asunto del tiempo y el apuro, luego el temor a ser identificados y, finalmente, ese secreto sabor a travesura, a ludismo, que supone sacarse la ropa íntima en un carro. Es decir, mezcla de exhibicionismo mínimo y desenfado máximo.
La incomodidad del carro es muy placentera, muy cómplice, muy excitante. El ruido inevitable del exterior, la sal marina raspando nuestras narices frías elevan la libido. Luego la recompensa de lo cálido y lo húmedo, nos elevan a un nirvana de octanajes. ¡Miren como se mueve el auto! exclama la reportera fronteriza. Claro, pues, si adentro se produce la más emocionante batalla de la humanidad, la batalla de los sexos contrarios.
Como ustedes comprenderán, se produce un paréntesis, un estarse fuera de la galaxia, cuando la pareja está unida en esta cópula al paso. Entonces se olvidan de que están en un automóvil en la Costa Verde. Luego viene el orgasmo, el desmayo de los músculos, la derrota del macho y recién en ese momento se dan cuenta que han hecho el amor en un lugar inadecuado. Más tarde hacer que el papel higiénico haga milagros, que el olor del amor se desvanezca, cosa imposible de lograr, y que, como dice la canción, no quede huella.

WASHINGTON DELGADO SE FUE

La desaparición física de Washington Delgado me ha traído a la memoria paisajes enteros, caravanas de imágenes de aquel mundo universitario de los 70s que con el tiempo ha ido adquiriendo en el recuerdo la madurez y consistencia de un buen queso o un gran vino. Entonces San Marcos estaba en crisis, que es el estado casi permanente de nuestra primera casa de estudios, pero esa crisis institucional no significaba oscuridad ni silencio.
La prueba de ello fue la actividad intelectual y creativa de aquellos años, revistas como “Hipócrita Lector” de Marco Martos, Hildebrando Pérez y Carlos Garayar, o el magisterio ya legendario de Francisco Bendezú, Francisco Carrillo, Edgardo Rivera Martínez, Jorge Puccinelli, Willy Pinto Gamboa, Antonio Gálvez Ronceros, Armando Rojas y Washington Delgado entre otros poetas y escritores de prestigio indudable. Los jóvenes de entonces, moscas de aquel Patio de Letras de la Ciudad Universitaria donde la miel era la discusión sobre política, poesía, filosofía, amor y sexo, éramos estudiantes privilegiados.
Y que lo digan Patricia Pinilla, Miguel Rodríguez Rea, Pepe Morales, Mito Tumi, Jaime Urco, Gonzalo Espino, mis entrañables condiscípulos del programa 222, Literaturas Hispánicas, que podíamos escuchar horas enteras al maestro Washington Delgado, en sus cuatro décadas, con esa lozanía intelectual que nunca lo abandonaría, hablándonos del romancero español (“yo solo digo mi cantar a quien conmigo va”)o de Valle Inclán.
Ese mundo universitario del que formaba parte el gran maestro era el de Roger Santiváñez, el joven poeta piurano que vino a conquistar Lima con sus poses valdelomarianas, el de su Dulcinea de aquella época, la poeta Dalmacia Ruiz Rosas; el de otro piurano inolvidable como el trejo narrador Cronwell Jara, el de Rosa Carbonell, el del lacaniano Santiago López Maguiña, el de poetas como Esther Castañeda, Mariella Dreyfus y Patricia Alba, el del joven erudito Víctor Hugo Velásquez, el de ese muchacho que estudiaba sociología, pero escribía versos y que más tarde sería ministro de Educación de Alejandro Toledo: Nicolás Lynch.
En ese orbe Washington Delgado tenía un lugar de excepción, era el extraordinario profesor de serena erudición, de expresión limpia y cautivante, el poeta ejemplar, una de las vacas sagradas de las antologías, al decir de otro Premio Nacional de Poesía como Paco Bendezú. “Toco una mano y toco todas las manos del mundo” dice el poeta, transido de humanidad y de solidaridad.
Era el interlocutor de Pablo Macera en deliciosas conversaciones donde un humanismo de izquierda o una izquierda humanista solía cautivarnos o a ratos, confundirnos más.
A mi promoción sanmarquina no nos tocó Luis Alberto Sánchez ni Raúl Porras, pero sí un excepcional discípulo de ellos. Suerte la nuestra de haber tenido a este gran maestro; ahora solo nos quedan sus enseñanzas y sus versos.


LA DIMENSIÓN SOCIOLÓGICA DEL FLORO

A algunos de esos estudiosos subvencionados por ongs o fundaciones extranjeras debiera de ocurrírseles una investigación sobre la dimensión sociológica del floro en el Perú. Me explico: El floro, terminajo que ha inventado la nueva generación, significa capacidad oratoria, ingenio verbal, uso quintaesenciado de la palabra con el propósito de encandilar a las masas y a los individuos, de envolverlos, de mecerlos, en suma de hacerlos cojudos. En ausencia de argumentos o intención de cumplir las promesas se usa el floro, un floro maldito que hipnotiza y hace ver palmeras, agua y hasta beduinos, allí donde no hay sino un jodido páramo.
Aun hay gente en el Perú que vive del floro, aunque cada vez son menos y su radio de acción deviene mas reducido. Esta generación tan práctica, desalmada y empedernida, que justamente ha inventado la palabra floro, no se traga tan fácilmente las bonitas palabras de los demagogos y los mecedores. Rápido pone el parche: “Hey, no me metas tanto floro”. O “no me metas tanta letra”.
Ya los pico de oro de los ochentas, no seducen como ayer. Primero porque su oratoria es demodé y segundo porque su floro es abundante y abundoso. Una desconfianza sociológica traba la comunicación entre el orador y la chibolada que piensa que el irse por las ramas, que no otra cosa es el floreo, encubre falta de ideas o de buenas intenciones.
Concedamos, sin embargo, que el floro de algunos políticos, a pesar de su caducidad ideológica, tiene cierta categoría, insoslayable elegancia; tal el caso de los discursos de Luis Bedoya o Armando Villanueva. Pero el floro de otros personajes recién llegados al escenario, como Alejandro Toledo, es un habla que el buen Luis Arista calificara alguna vez, con increíble acierto, de barroco urbanomarginal. Es el horizonte tardío y decadente del floro pendejerete.
No debemos dejar de tomar en cuenta que la eficacia del floro muchas veces depende del cuarto de hora de estupidez del escucha, de su falta de pupitre, como diría un primo mío. Allí donde hay lucidez o la malicia propia de esta generación, el floro sucumbe, naufraga, se queda tirando cintura, se revela como fuego fatuo o intento fallido.
El floro, ya casi desterrado de la política, se ha atrincherado en las calles, en las plazas del centro de Lima o de algún populoso distrito de los conos para animar pequeñas estafas, ingeniosas engañifas cuyas víctimas son recién bajados, que dicho sea de paso, ya no abundan porque casi toda la Sierra ya bajo a Lima, y trajo de paso su floro propio.


CUANDO MUERE UN POETA

Poco afecto soy a los velorios y a los sepelios. Prefiero creer que el amigo se murió en la víspera y permanece en este estado de noticia trágica por siempre. Pero fui al velatorio a ver al ya malogrado Cesáreo Martínez porque me parecía un escándalo que cuando desaparece un poeta se levante menos polvo que cuando muere un político que no vale nada, o un obispo que jamás escribió algo bello con el propósito de hacerle la vida menos miserable a sus semejantes. Porque los versos de Martínez o de Vega Posada, otro poeta muerto este año en aire de ignorante silencio, merecen alguna suerte de gratitud por parte de quienes sabemos leer.

Los políticos son extremadamente dadivosos con los poetas muertos. Estos días, verbi gracia, el Parlamento Nacional ha saludado a César Vallejo por su 110 aniversario, en vez de dedicar un tiempo valioso y excelentemente bien remunerado, a resolver problemas de la gente. Pero, claro, de lo que se trata es de la pose parlamentaria de apoyo a la cultura.

Pero hablemos de Chacho, que de eso se trata. Mi amistad con él, así como con algunos poetas de Hora Zero, surgió tardíamente, fue producto de esa erosión que el tiempo practica en las posiciones generacionales que creemos irreductibles. Finalmente se comprende que detrás de la pluralidad de las voces, hay algo que las hace una.

La llamada poesía “coyuntural” de Cesáreo Martínez nunca me gustó, porque no me gusta la poesía social o comprometida. Creo que el compromiso de la poesía con la sociedad no necesita énfasis alguno y menos traducirse en propaganda política. Pero Chacho escribió, además, otro tipo de poesía, en las antípodas del denominado coyunturalismo. Esa poesía intimista, de un desbordado, libérrimo lirismo, me conmovía; esa lo retrataba como un ser humano tiernamente contradictorio. En fin, no soy crítico literario ni tengo autoridad para juzgar lo realmente valioso de su obra; lo que importa es que escribió, cantó, existió a través de la palabra.

Pobre Chacho. Me acuerdo de unos versos suyos, proféticos: “Adiós, muchachos de oro, mañana me quito del país”. Y en verdad acaba de quitarse, en este viaje inesperado y sin pasaporte, en este destierro definitivo que es la muerte. Salud, poeta, y no deje que se calienten las chelas, en los “Wonys” eternos. Salud.

DAR Y TENER

Alguna vez, en busca de una frase que resumiera -como hace el relámpago con la luz- la vida sabia, me topé con tres palabras muy simples y modestas. Eran el título de un libro de poemas: “Dare e avere”, título que fácilmente podemos trasladar al castellano como “Dar y tener. He allí la suma del vivir bien, del existir con sabiduría. Su autor, un poeta sabio, un humanista de estos tiempos deshumanizados y deshumanizantes : Salvatore Quasimodo.

Que sea italiano, como Eugenio Montale, que en medio del fragor de la guerra, y de la peste del fascismo, pudo encontrar para la poesía un lugar entre el olor de los limones y el esplendor solar; o como Giuseppe Ungaretti, que escribió inigualables versos de solidaridad humana, no me asombra. Así son , por lo general, los italianos: malos soldados -para desgracia de cerdos como Mussolini- pero buenos hombres , amantes y esposos.

¿Y a cuento de qué viene todo esto? A que recordaba también la historia de una masacre nazi en la plaza de una pequeña ciudad italiana, masacre de la que fue testigo una niña que treinta años más tarde sería mi “profesorezza” en el Istituto Italiano di Cultura. En las palabras de la madura, pero bella Carla ( hablaremos en otra ocasión de la belleza otoñal de las italianas) no percibí odio contra los alemanes que vestían el uniforme del Tercer Reich, sino una sobria repugnancia hacia los bárbaros. Es lo que en medio de una hermosa afirmación por la vida, volví a percibir en la “Vita e bella”, el extraordinario filme de Roberto Begnini.

Por eso no me asombra que el querido Quasimodo haya escrito “Dare e avere”. Para ser medianamente feliz, que es la única forma posible de ser feliz, hay que saber dar , y es aquí donde entramos a los territorios de la generosidad, la solidaridad, la compasión.

Dar, sin embargo, se ha ido convirtiendo en el verbo de la utopía. Tener, poseer, acaparar, ambicionar, despojar son verbos de mayor vigencia gracias al virus del exitismo , que como una influenza del alma arrasa con los más jóvenes. Lo veo en mis hijos mayores y en sus amigos que piensan que la solidaridad solo es compatible con los Traperos de Emaús o las hermanitas de la caridad.

Pero toda vida, para ser equilibrada, productiva y digna, debe procurar, asimismo, satisfacciones personales. Dar, pero también tener, poseer los buenos bienes de la tierra: una mujer de cálidas piernas, hijos que crezcan como álamos, un seco de cordero con la vieja receta familiar (donde no debe faltar la naranja agria) , y los libros que amamos. Alguien dirá y qué de la casa campestre o la de playa, y qué de eso que llaman poder.

Bueno, uno puede tener todo aquello, siempre y cuando conozca los límites de cada cosa, porque como dicen, no los italianos, sino los chinos: un hombre puede poseer diez mil acres, pero duerme en una cama de dos metros. Y agregaría: y se duerme para siempre, en otra de similar medida.

PACO BENDEZU

Porque los amigos poetas se mueren, he escrito y publicado en los últimos tiempos varios artículos necrológicos, asunto que por lo demás, como ustedes amables lectores comprenderán, no es de mi agrado. Pero el silencio sería en este caso más desagradable aún.

Se nos acaba de ir Paco Bendezú siguiéndole los pasos a Washington Delgado. Con el empiezan a desaparecer los cincuentas, sesentas y setentas, pues los testigos que quedamos de esa época maravillosa no las tenemos todas con nosotros, gracias a que parte de la tradición del poeta, el artista y el intelectual aquí y en todas partes, es la buena mala vida. Son contados los creadores que llevan una vida sana; que son digamos abstemios, vegetarianos, monógamos, burócratas y ahorristas inteligentes. La mayoría ha incurrido en excesos de todo tipo y encima la sociedad se ha excedido con ellos al ignorar la real dimensión y gravitación de su obra, de su trabajo.

Vivimos en un país pobre, subdesarrollado, ignorante y triste donde apenas 500 personas de 28 millones sabían quien era Francisco Bendezú y por qué su desaparición física afecta a la Nación, a su identidad y a su cultura. ¡Si los poetas fueron considerados siquiera por el INRENA como especie en extinción¡ Pero el Estado es también ignorante, está lleno de semianalfabetos que juran como ministros y como congresistas, pero que no leen nunca otra cosa que trascendidos políticos, notas de la farándula, el horóscopo. Y así no se puede proteger realmente ni a la pava aliblanca ni a nuestros exquisitos vates que se mueren así nomás, en medio de lo que llamé alguna vez ignorante silencio, pero que debí llamar suprema ignorancia.

Si la mayoría de los hombres del Poder supiera qué compleja vida se extingue, qué mezcla de pordiosero y ángel se diluye con cada poeta que se muere, le darían al creador la importancia que se merece. Solo seres excepcionales son capaces de escribir o componer algo que atraviesa los tiempos y llega intacto y fresco para hombres de otras edades, que no solo se conmoverán o deleitarán con aquello, sino que nos entenderán, nos compadecerán, nos exaltarán desde el futuro remoto.

Me imagino a un joven peruano culto del 2090, leyendo a ese poeta suyo llamado Francisco Bendezú, repitiendo en voz queda los versos de Twilight. Ojalá que ese futuro este allí adelante; no hay máquina del tiempo para constatarlo. Porque pudiera ser que en vez de esa floresta culta del porvenir, haya el oscuro páramo de una masificación más indigna e indignante en el mañana. Todo puede ocurrir. Depende de lo que sembremos hoy.

El poeta Bendezú se murió y se llevó sus discos de jazz, su tocadiscos que trasladaba a una de las aulas de Letras de San Marcos para que compartiéramos con él su música predilecta. Cuanto sabía de jazz, de cine, de literatura. Y cuan desordenado, caótico, absurdo era a veces como profesor, pero resultaba encantador definitivamente.

Terminado el semestre invitaba a sus alumnos al bar inglés del entonces prestigioso Hotel Bolívar. Se encontraba allí con Luis Alberto Sánchez, intercambio de saludos, y luego una ronda de bebidas y mas tarde salir a Jesús María a seguirla con una cervezas y un fuentón de cebiche mixto, jalea de pescado, hasta que el sueldo de profesor principal se esfume. Tantas y tantas anécdotas del gran Paco, enamorado de mil mujeres, actrices de Hollywood y de la escena nacional, profesoras y alumnas. Paco el eterno enamorado.

Y tenía suerte porque recuerdo que en los setentas, que llevé con él un curso de literatura hispanoamericana y dos de literatura italiana, se matricularon una alumna chilena y otra búlgara, preciosas, por no hablar de las beldades locales. Qué felicidad la del maestro, embobado con las hembritas, comentando luego, entre obscenidades y frases muy finas, mezcla insólita aprendida quizá de Apollinaire, las dotes de las muchachas.

Ha terminado la clase de Paco: es mediodía en el Patio de Letras de la Ciudad Universitaria de San Marcos; lo acompañamos a que tome su taxi en la avenida Venezuela. El sol de otoño toma una fotografía para la eternidad.